Hendrix y Clapton se convertirían en los mejores guitarristas a cada lado del Atlántico; su encuentro sería algo sobrehumano.

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Después de que fuera liberado del servicio militar, en 1962, en su natal Estados Unidos, James Marshall Hendrix se dedicaría por completo a su pasión: tocar la guitarra como sus grandes ídolos del Blues. B.B. King, Howlin’ Wolf y Robert Johnson. Mismos héroes que habían inspirando a una naciente estrella británica, Erick Patrick Clapton y su asombrosa pericia detrás de la guitarra. Un año más tarde, Clapton tomaría ventaja al unirse al semillero de prodigios conocido como The Yardbirds. Ahí, además de sorprender a la escena local con su pulida técnica, se ganaría el apodo de Slowhand. Una mano-lenta que reemplazaba cada cuerda rota sobre el escenario, con una lentitud diametralmente opuesta a su manera de tocar.

 

Mientras Jimi deambulaba entre bandas y estudios en búsqueda de su oportunidad. Siendo su participación como músico de sesión y de soporte de The Isley Brothers lo más sobresaliente. Eric se daba el lujo de renunciar a The Yardbirds, debido a su inconformidad con el nuevo rumbo comercial de la agrupación. Así se uniría a The Bluesbreakers. Su leyenda crecería a un punto divino cuando una serie de graffiti aparecieron en varias paredes de Londres. Estos eran sencillos, directos e innovadores, tal como su interpretación detrás de la guitarra, y decretaban “Clapton is god”. Algo fácil de comprender al escuchar sus melódicos solos, sus cambios de velocidad y su sincera evolución del Blues. Clapton se había convertido en un dios.

 

Parecería que Clapton, aun siendo más joven, aventajaba por un largo trecho a Hendrix. Sin embargo para 1966 el destino tendría preparado una colisión mitológica. El americano impresionaría a Linda Keith, la entonces pareja de Keith Richards, quien lo referiría a Chas Chandler para su representación. Ese sería el primer paso la creación de su banda The Jimi Hendrix Experience. Mientras tanto el británico seguía estremeciendo con una nueva, virtuosa y muy jazzística banda, Cream. La cual podía jactarse de tener a los mejores interpretes del mundo en sus respectivos instrumentos, Jack Bruce en el bajo y Ginger Baker en la batería. Para septiembre, Chandler (antiguo bajista de The Animals) llevaría a su representado al Reino Unido, y por petición del propio Hendix conocería al dios Clapton.

El encuentro tendría lugar en Londres durante un concierto de Cream el último día del mes. Tras bambalinas, Jimi osaría solicitar lo impensable: subirse al escenario para jammear con el grupo más versado de Inglaterra.

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Hendrix y Clapton ¿quién ganará?

A priori, el duelo parecería desbalanceado hacía Slowhand. Pero lo ocurrido durante la versión de Killing Joke, original del ídolo en común Howlin’ Wolf, sería completamente inesperado. Jimi tomaría las riendas de la canción a una velocidad trepidante, con un fraseo perfecto. Tocando por detrás de la cabeza, en medio de las piernas o incluso con los dientes. Jack y Ginger apenas podían seguir su ritmo, mientras Eric sucumbía ante un nuevo Dios que emergía ante sus ojos. Con el semblante pálido, abandonó su guitarra a mitad de la canción, se retiró detrás del escenario para intentar fumar. Con el pulso tembloroso y un cigarro tambaleante, cuestionó a Chandler — Jamás me dijiste que era tan bueno.

 

Aquella divina batalla en Londres sería un punto de inflexión para ambos. Jimi obtendría un reconocimiento vasto entre el gremio, con apellidos como Lennon, Townshend, Beck, Jagger o McCartney entre sus admiradores. Y sobre todo, conseguiría una ilustre, aunque muy corta, carrera con varios álbumes repletos de su incendiaria agilidad y su profunda emotividad dentro del Rock Psicodélico. Eric se recuperaría pronto de aquel duro golpe para cimentar, junto a Cream, el Hard Rock y Blues Rock. Encausando la influencia de Hendrix no sólo en su apariencia y sus guitarras (se rizó el cabello y se cambió a Fender), sino en una constante evolución en su sonido y propuesta.

 

El duelo de los dioses nos regalarían un sinfín de canciones que a la fecha siguen electrizando, demostrando cabalmente que ese instrumento de seis cuerdas, llámese Blackie, Lucy, Red Special o The Black Strat, es el aliento vital del Rock.

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