Woodstock, con sus 3 días de paz y música en el verano de 1969 tendrían un impacto más allá de las canciones, definiendo el espíritu de toda una generación.

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Al hablar de festivales musicales, el ineludible punto de partida es Woodstock. Si bien no fue el primero, el más grande o el mejor organizado; ha logrado mantener su relevancia a casi cinco décadas de distancia. Sus pilares eran dos principios básicos: entrañables interpretaciones musicales por parte de los artistas, y un comportamiento congruente con los ideales de la generación por parte de la audiencia.

 

En el apartado social e ideológico, Woodstock representó la cúspide de los movimientos contraculturales más importante de los sesenta. Dentro de una sociedad marcada por intervenciones militares, segregación étnicas, libertad de expresión contenida, restricciones de género, y sobretodo una sobrexplotación del planeta; los jóvenes estaban haciendo una diferencia combatiendo esos paradigmas. Peleando por un mundo diferente. Así este megaconcierto de casi cuatro días, con un aforo cercano al medio millón, demostró que se podía predicar con el ejemplo. Conviviendo de manera pacífica y armoniosa aun con todas las dificultades sufridas por la organización. Una nueva sociedad que no terminaría el lunes 18 de agosto, si no que se extendería más allá de aquel campo en Nueva York. La generación seguiría involucrada en el ambientalismo, activismo político, feminismo, vegetarianismo, y otras derivaciones de su ideología.

 

La música.

Musicalmente, el festival pudo reunir un cartel sumamente representativo de bandas e interpretes de la época. Treinta y dos actos en total que llenaron el lluvioso ambiente de las 240 hectáreas del inmaculado campo. Richie Havens fue el encargado de la inauguración, un poco después de las 17:00 horas del viernes 15. El oriundo de Brooklyn interpretó nueve canciones de manera casi espiritual, creando el primer gran momento de Woodstock cuando, al agotar su repertorio, comenzó a improvisar sobre una melodía tradicional afroamericana (espiritual negro), Freedom (Motherless Child) se erigiría como el himno del festival. Antes de continuar con las presentaciones, y debido a la inesperada asistencia, el evento fue declarado como gratuito. Continuaría Ravi Shankar y sus conmovedores mensajes tanto líricos como musicales. Finalizando con una sincera Joan Baez que interpretó We Shall Overcome justo en la cumbre de la tormenta eléctrica.

El segundo día tendría como momentos estelares la energética presentación de un semidesconocido Carlos Santana. Quien con sólo 22 años, y una fuerte dosis de LSD, cautivaría a la audiencia con sus intensos ritmos latinos. Una accidentada intervención de Grateful Dead que, justo pasada la medianoche, tendría que parar por una sobrecarga en su equipo de sonido. Continuaría con memorables interpretaciones de Creedence Clearwater Revival, Janis Joplin y Sly & The Family Stone. Seguiría la poderosa recreación de la ópera Rock Tommy por The Who, la cual culminaría justo al amanecer del domingo 17. Esto no marcaría el final del día, ya que Jefferson Airplane presentaría su “Música maniaca matutina… Un nuevo amanecer”.

 

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El último día, que se extendería hasta las 10:00 horas del lunes 18, sería testigo de la más famosa interpretación de Joe Cocker con With a Little Help From My Friends, totalmente equiparable a la versión original. Ten Years After, The Band y Blood, Sweat & Tears seguirían después de una prolongada interrupción por las inclemencias del clima. Crosby, Stills, Nash & Young sonorizarían la gélida madrugada con unas armonías pocas veces escuchadas, un verdadero triunfo para una banda que sólo se había presentado una sola vez en vivo.

 

Amaneciendo el cuarto día con Jimi.

Todo culminaría con uno de los conciertos de mayor duración en la carrera del guitarrista prodigio Jimi Hendrix. El cual llegó a su zenit cuando, en medio de una virtuosa descarga sentimental, hizo sonar una versión electrificada de The Star-Spangled Banner. El himno de los Estados Unidos de Norteamérica revisitado por toda una nueva generación. Una generación que no se identificaba con los ideales de sus padres, y que había logrado, al menos por unos días, vivir de paz, música y amor.

 

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