O cómo Dylan presentó el mundo de la mariguana a The Beatles.

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Desde siempre, las drogas han estado adheridas al mundo del Rock, convirtiéndose en uno de los principales argumentos de sus detractores; si bien han sido la causa de lamentables decesos como los de Janis Joplin, Keith Moon o Nick Drake, así como de episodios trágicos en las historias de Johnny Cash o Ray Charles, estas sustancias también han sido un poderoso aliciente para la expansión y evolución del género, lo cual no es un triunfo menor si se escucha “The Piper At The Gates of Dawn” de Pink Floyd, o si se aprecia la presentación de Jimi Hendrix en Woodstock. Un universo tan ilícito como onírico, tan hostigado como místico, el cual ha servido como megáfono de la psique de los rockeros, y que de alguna forma u otra ha sido un homogeneizador desde el Rockabilly hasta el Britpop.

En este sentido, The Beatles no serían ajenos al uso de sustancias psicotrópicas desde sus épocas tempranas, al consumir “Benzedrine”, un poderoso estimulante que se encontraba dentro de inhaladores para tratar resfriados; de ahí pasarían al “Preludin” durante sus temporadas en Hamburgo, anfetaminas presentadas como pastillas para adelgazar, las cuales los mantenían pujantes durante las maratónicas jornadas nocturnas en los clubes; ambas unidas al consumo del par de drogas más notorias en el mundo: el alcohol y el cigarro. Todas estas drogas estimulantes reflejan el tono festivo e hilarante de sus primeras entregas, lo cual cambaría una vez que le dieran una segunda bienvenida a la droga recreativa por excelencia.

 

El famoso encuentro

La mariguana reentraría en el mundo de los Fab Four para quedarse, y el crisol para semejante aventura no podía ser otro que el inigualable Bob Dylan, con el Delmonico Hotel de Nueva York a finales de agosto del 64 como el alucinante escenario, una primera aproximación entre lo mejor de ambos continentes. El íntimo encuentro comenzaría con una provocadora sugerencia de Dylan mientras esperaba por la botella vino que había ordenado: fumarían un cigarro de la afable hierba de cáñamo.

Sorpresivamente no todos la habían probado, Brian Epstein externaría la impericia de la banda con los humos de la mariguana; Robert, como el mundo entero, estaba enterado de las revolucionarias melodías del cuarteto, y no podía creer la inexperiencia de quienes habían compuesto una canción con un estribillo alusivo a los efectos de la planta, –¿Cuál canción?, preguntaría John. –Ya sabes… And when I touch you… I get high, I get high, cantaría Bob. –Esa no es la letra, la letra es… I can’t hide, I can’t hide, admitiría sonrojado Lennon.

Una vez resuelto el misterio de la letra de “I Want To Hold Your Hand”, Bob haría un primer cigarro para John, quien de inmediato lo pasaría a Ringo catalogándolo como “mi catador real” (my royal tester); Richard, demostrando su calidad de novato en tales menesteres, lo fumó completo en vez de circularlo entre los demás, como lo dicta el implícito protocolo; la fiesta continuaría con cigarros individuales, muchas risas, y algunas epifanías.

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Después de la mariguana

Lo que comenzó como una honesta confusión de interpretación, pronto se convertiría en un inmenso paso a nivel compositivo; Paul, John y George, explorarían nuevos horizontes en sus temas, haciéndolos más introspectivos, conceptuales y apacibles. Sepultando poco a poco la Beatlemania, los moptops y los trajes uniformes, la etapa en la cual su historia se transformó en leyenda. A partir de ese punto, The Beatles no volverían atrás, experimentando sonora y mentalmente, con canciones cada vez más complejas y drogas cada vez más potentes.

Al final, sería una interpretación simplista, casi miope, el reducir la genialidad de la banda a su simple uso de sustancias psicoactivas o a la fortuita confusión de Dylan de sus letras, sin embargo no es descabellado concluir que ambas aderezaron enormemente el legado de los oriundos de Liverpool.

 

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