A finales de los setenta, la música Disco se apoderó de la industrial musical, algunos pensaron que debían pararla, incluso con fuego.

Con una genealogía envidiable, la música Disco irrumpiría en la panorama durante la segunda parte de los setenta. El R&B y el Funk servirían como lienzo, con el Sonido Filadelfia y el Soul neoyorkino como trazos cardinales; este nuevo género asaltaría las radios y, sobre todo, las pistas de baile alrededor del globo. Lo haría mediante un elemento clave, el cual sigue explotándose para generar éxitos comerciales actualmente: el pulso cadencioso. Ese beat rítmico, constante e inquebrantable, capaz de adueñarse de cualquier cuerpo, y hacerlo bailar.

 

Esparcido por los clubes gay de Nueva York, a través de los pincha-discos y sus vinilos de doce pulgadas, la música Disco ganaría espacio en las listas de popularidad. Para 1977, la escena musical había sido capturada por el nuevo ritmo. Donna Summer, The Bee Gees, Chic, Barry White, The Village People, y muchos más, se convertirían en superestrellas, con ventas millonarias y sencillos apilados dentro de las primeras posiciones. De pronto, sus barreras serían ampliadas y colisionarían con el Rock, un choque inevitable. Blondie, Queen, The Rolling Stones, Kiss, David Bowie, e incluso Pink Floyd, incorporarían elementos de la música Disco en varios lanzamientos; ¿el resultado? Sendos éxitos en cada aproximación.

 

El lado incómodo de la música Disco

La fórmula infalible del Disco tenía un lado controvertido: la frivolidad, la auto-indulgencia, la ausencia de mensaje o contenido. Una serie de atributos cuestionados por los roqueros, quienes habían experimentado la evolución del Rock&Roll al Punk; quienes habían cantado por los derechos civiles, la paz, y la anarquía. La trascendencia del Rock estaba ausente en todas esas secuencias interminables de baile. El Rock languidecía.

 

Determinados a detener a la música Disco (y subir su audiencia), estaciones de radio comenzarían a despotricar en su contra. Se acuñarían frases célebres como Disco Sucks! (el Disco apesta), se producirían parodias, se organizarían eventos, y otras acciones. Sin embargo, la más arrebatada de todas se viviría el 12 de julio de 1979, durante un juego doble de Grandes ligas en Chicago. La noche de la demolición del Disco, organizada  por el locutor Steve Dahl, reuniría a más de 50,000 personas con el único fin de incendiar la mayor cantidad de vinilos del pegajoso género posibles.

La premisa era sencilla, arribar al extinto Comiskey Park con 98 centavos y un álbum de música Disco. Todos los discos reunidos serían hechos explotar durante la pausa entre ambos juegos. El evento atraería a un número de iracundos fanáticos mayor de lo esperado; la seguridad y organización sería rebasada. Mientras miles de personas sin boleto intentaban quebrantar los accesos, vinilos y demás objetos aleatorios volaban en pleno partido. Una vez llegado el momento cumbre, un Dahl encapuchado prendería fuego a un contenedor gigante situado en la mitad del estadio. Lo que sucedió después fue tan caótico como censurable, terminando en la cancelación del juego, media centena de lesionados y varios detenidos.

 

Demolición completa

Casualmente, la música Disco no terminaría la década como se vaticinaba. El meteórico ascenso se vería igualado por la estrepitosa caída en el gusto popular, para 1980 el género ya era un tímido recuerdo. Sin embargo, su aparición abriría una Caja de Pandora, la cual extirparía el Pop del Rock de manera definitiva; culminando en el reinado de la infecciosa música Pop básica, bailable y, en su mayoría, superflua. Tal vez La noche de la demolición del Disco, haya tenido el mismo efecto sobre el Rock.

 

Para conocer las historias detrás del Rock, escucha Delorean todos los miércoles de 21:00 a 23:00 horas.

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