La primer mujer en ser inducida al Rock & Roll Hall of Fame, es mucho más que la mejor voz del Soul.

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Aretha Louise Franklin nació en la cuna del Rock & Roll, Memphis, Tennessee, durante la primavera de 1942; recolocada en el Motor Town cuando apenas tenía cinco años, pasó de cantar en la iglesia dirigida por su padre, un renombrado Pastor Bautista, a ser una figura entrañable que aparejaría la interpretación apasionante en los escenarios con el empoderamiento y liberación femenina a final de los sesenta.

Aretha tuvo un desarrollo poco convencional, en donde cada obstáculo sería superado mediante hazañas dignas de ser recordadas: cuando su madre murió en 1952, ella aprendería autónomamente a tocar el piano; cuando, a los 14 años, tuvo a su primer hijo bajo circunstancias aun desconocidas, ella lanzaría su primer álbum; cuando sufrió de violencia doméstica, ella triunfaría con su obra cumbre del 67 “I Never Loved a Man the Way I Love You”; cuando su fama había descendido por el éxito de la música Disco, ella resurgiría cantando para la Reina Elizabeth y actuando en Hollywood; y cuando su vida parecía extinguirse a causa de severas complicaciones en su salud, ella no sólo se recuperaría sino que recibiría premios y distinciones desde la Universidad de Yale y Harvard hasta un asteroide nombrado en su honor.

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Todos los logros y gestas sólo son el reflejo de una férrea personalidad que más allá de interpretar una canción, la encarnaba; electrizando e inspirando con cada melodía, con un rango vocal envidiable y una proyección inigualable. Una voz dinámica, profunda, y pasional, la verdadera definición del Soul; una voz incluyente, capaz de reunir la espiritualidad del Gospel con la precisión del Pop y la fuerza del Rock; una voz autentica que hablaría más allá de las notas musicales.

 

Justo esa voz trascendental la colocaría como pilar de los movimientos sociales más importantes de los sesenta en Norteamérica; una figura luchadora por los derechos civiles de su raza, un personaje liberador y catalizador de la revolución sexual, y sobretodo una mujer aguerrida que reclamaba igualdad hacia su género, una legítima feminista. Esta última faceta de Aretha puede ilustrarse con la adaptación de “Respect”, original de Otis Redding, la cual es redefinida por una mujer asertiva, fuerte, confiada y autónoma; una mujer que no solicita respeto, lo da por sentado; una mujer que transforma, genera, provee y mejora; así es como Aretha Franklin predica con el ejemplo, la inequívoca “Lady Soul”, una mujer excepcional.

 

 

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