Siendo la banda más grande de los setenta, Led Zeppelin demostró cómo se podía prescindir de las reglas de toda la industria.

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A finales de los sesenta y desde las cenizas de The Yardbirds, famosa banda de Blues Rock que acogió a los mejores guitarristas de todos los tiempos en el Reino Unido, Jimmy Page formaría una banda tan innovadora como influyente que pondría en duda las prácticas de la industria musical; Led Zeppelin navegaría bajo términos propios durante los doce años de su inmejorable historia.

Gracias a una sólida carrera antes de la formación de Led Zeppelin, Jimmy Page, Robert Plant, John Paul Jones y John Bonham lograrían firmar un contrato bastante lucrativo con Atlantic Records, quienes jamás los habían escuchado o visto tocar juntos, pero confiaban ciegamente en su calidad musical; dando así un primer paso firme en un mundo que se regiría bajo sus reglas. No satisfechos con tal hazaña, grabarían su primer álbum en tan sólo treinta horas, habiendo ensayado únicamente por un mes y sin un productor externo; “Led Zeppelin I” no sólo validaría la apuesta ciega por parte de la disquera, sino que cimentaría el vigoroso sonido distintivo de la agrupación, y de paso el del Hard Rock y el Heavy Metal de los años posteriores.

La siguiente regla impuesta por estos británicos sería una bastante arriesgada, que a la postre definiría su legado: Led Zeppelin no lanzaría sencillos para promover sus discos. Parte del misticismo atribuido a la banda recae sobre el peso que tiene cada álbum como una historia completa, en donde ninguna canción podría ser interpretada fuera del círculo que la rodea; de esta forma lograrían vender millones de copias de cada producción, consiguiendo así algo completamente insólito para cualquier banda antes o después: ubicar sus seis primeros álbumes dentro de las listas de ventas y popularidad, todos al mismo tiempo.

Gracias a su estilo provocador y el éxito logrado con sus primeros discos, el Zeppelin de Plomo podía seguir viajando bajo sus propias condiciones, modificando así uno de los paradigmas más encumbrados por la industria, el negocio de las giras. Habiendo creado un mito alrededor de sus presentaciones en vivo con despliegues técnicos asombrosos detrás de cada instrumento, Led Zeppelin había hecho de las arenas y los estadios sus escenarios cotidianos, atiborrando cualquier fecha y recinto de sus giras. Estos foros no eran el estándar para una banda, y lo que Page y compañía conseguirían en estas presentaciones sería aún más sorprendente: cobrarían el 90% de los ingresos netos de las entradas, quitándoles casi medio pastel a promotores y organizadores que aceptarían sin mucho gusto esta nueva regla. Led Zeppelin llegaría directo a su audiencia.

 

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En un apunte final, su relación con los críticos fue ríspida por momentos, sobre todo con su tercer disco; “Led Zeppelin III” no fue acogido como se esperaba, ya que la inspiración de tal esfuerzo provenía de un ambiente diametralmente opuesto a su predecesor (una producción hecha sobre la marcha en seis estudios diferentes contra una hecha en completa tranquilidad y reclusión), lo cual se reflejaba en un sonido más acústico y orgánico, más profundo e introspectivo. Algunas voces comenzaron a cuestionar la grandeza de la banda, argumentando que sólo se mantenían por su pasado; esto dio pie a la propuesta más desafiante en la historia de Led Zeppelin, lanzando su cuarto álbum, en 1971, sin título o referencia a la banda, dejando que la música hablara por ellos; el resultado fue su obra cumbre. El disco de los cuatro extraños símbolos sería un verdadero triunfo de su estilo: la pasión del Blues, la intimidad del Folk, la franqueza del Rock & Roll, y el vigor del Hard Rock, unidos bajo la prodigiosidad de cada integrante y sus referencias espirituales; dejando en claro la regla básica y primordial: la música era su único lenguaje, lo realmente necesario en su mundo y en el legado que disfrutamos hasta la fecha.

 

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