La tercera vida del Funk, el P-Funk, llegó del espacio exterior.

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El Funk es uno de los géneros más primitivos de la música contemporánea afroamericana. No por su edad, sino por su simplicidad y crudeza. Soportado en el ritmo sobre la melodía, en la improvisación sobre la estructura, con bajos profundos y repetitivos calan en las entrañas, generando esa necesidad irreprimible por el baile. Una base literalmente indescriptible en nuestra lengua, que los estadounidenses tuvieron a bien bautizar como groove.

 

Las primeras vidas del Funk. 

El padre del Funk, sin duda alguna, es James Brown. Quien por sí mismo redefinió la música negra, del R&B al Soul a principios de los sesenta y del Soul al Funk a finales de la misma década. El mote del hombre más trabajador en la industria le quedaba corto. Sin embargo el encargado de unir lo mejor de dos mundos sería el tejano Sly Stone. Quien no sólo creó la primer banda interracial de la historia (Sly & The Family Stone), sino que dotó al Funk de la experimentación y psicodelia del Rock. Un poderoso catalizador musical y social a principios de los setenta.

Ambas figuras cuentan con un imponente bagaje, representado en fantásticas obras dignas de estudios más profundos. Dos portentos de la historia musical. Parecería que después de ellos, el Funk se limitaría a replicas menores de sus enseñanzas. Y que no existiría alguien en la tierra capaz de mantener el legado. Eso era correcto; el planeta no contaba con un personaje a la altura. Tendría que llegar alguien más para hacer el trabajo.

 

Parliament y Funkadelic

George Clinton había trabajado arduamente desde mediados de los cincuenta con su banda de doo woop, The Parliaments; uniéndose durante la siguiente década a la fábrica de éxitos de Detroit, Motown. Sin embargo su proyecto más ambicioso emergería en 1970, una empresa fuera de este mundo. Con una visión expandida por el consumo de drogas recreativas, crearía una cosmología alrededor del Funk, el P-Funk. La premisa consistía en una civilización antigua regida por el Funk, los Afronautas; quienes, al verse perseguidos, viajaron al espacio exterior, no sin antes esconder su sabiduría en pirámides para refunkizar la tierra a su regreso. Ese sería el punto de partida de la aventura cuasi mitológica de Funkadelic y Parliament. Un conglomerado de medio centenar de músicos liderados por Dr. Funkenstein (uno de los muchos alias de Clinton), quien aterrizaría para inyectar sangre nueva al género esculpido por Brown y Stone.

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La tercera, y extraterrestre vida del Funk abrazaría los conceptos sonoros de sus predecesores. Bajos punzantes, improvisaciones trepidantes, guitarras ácidas, sintetizadores delirantes, voces y coros intensos, fundidos con la extravagancia histriónica de su cosmología sobre el escenario. Disfraces, pelucas, drogas, parafernalia, e incluso una nave espacial de gran tamaño que simbolizaba el arribo de esta nueva era del Funk: The Holy Mothership, instaurando un nuevo universo, la ciencia ficción del R&B y el Rock, el groove de otra galaxia, el P-Funk.

 

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