Recordando la ocasión cuando The Cramps tuvo como invitados especiales a los fantasmas sagrados del Rock & Roll.

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En una tarde de invierno de 1972, Lux Interior (Erick Lee Purkhiser) conducía su automóvil de regreso a casa. Divisaría un par de largas piernas enfundadas en unos diminutos y desgastados shorts. Poison Ivy (Kristy Marlana Wallace) regresaba de la Universidad Estatal de Sacramento y pedía aventón por las solitarias calles. Lux había encontrado a su musa, su alma gemela, su Hiedra Venenosa. Era una conexión más allá de esta vida. Un vínculo metafísico que los llevaría de ser admiradores del Rockabilly y las películas de horror, a crear su propia historia de terror y Rock & Roll.

Comenzaron a vivir juntos bajo un ambiente altamente estimulante. Ya fuera tomando clases de Arte y Chamanismo. Recolectando grabaciones oscuras del Rock. Preparando y consumiendo brebajes alucinantes. O vistiéndose con terciopelo, cuero y gafas negras. El siguiente paso era obvio, Lux e Ivy formarían una banda. Pero su banda no sería convencional, ellos tenían la receta para crear un monstruo. Tomando un poco de vaselina y chamarras de piel del Rockabilly, el sonido retorcido y distorsionado del Garage Rock, mezclándolo con las anormalidades de los filmes del cine B y una pizca de las prácticas decadentes de la cultura pop americana. Todo bajo los efectos de sustancias psicodélicas; de esta forma crearían al primer Frankenstein del Rock: The Cramps.

The Cramps estaban vivos y hambrientos de historias macabras. Trasladándose a Nueva York para unirse a otro grupo de desadaptados: los Punks del CBGB. Sus feroces aullidos, golpes primitivos y melodías lúgubres los marcaron entre los demás. Esa marca atrajo a multitudes, asombrados por el Mr. Hyde de los escenarios. Pero dichos escenarios eran ajenos a la naturaleza de Lux Interior y compañía. De tal suerte que decidieron embarcarse en otra extraña aventura. Conduciendo cerca de cinco mil kilómetros hasta el Hospital Mental de Napa, en donde la mezcla entre la banda y la audiencia era más homogénea. Así, The Cramps habían realizado su primer conjuro.

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Las canciones del Señor.

Habían pasado casi diez años desde aquel encuentro presagioso, y la sombría pareja aun no había documentado su experimento. Pero con el fin de la década llegaría la alineación perfecta para llevar esos sonidos terroríficos a las cintas magnéticas. No existía un mejor lugar que el famoso Sun Studio de Sam C. Phillips.

 

La banda llegó entrada la noche, los rojizos ladrillos del exterior eran iluminados por una luz tenue que revelaba el glorioso gallo rodeado por un resplandeciente Sol negro. The Cramps se adentraron en el vestíbulo principal; los azulejos del piso, alguna vez blancos, ahora se asomaban en tonos amarillentos. La mesa de madera en forma de riñón aun desprendía un ligero aroma, y sobre ella, el viejo ventilador de metal ostentaba el óxido de mil batallas. Arropados en cueros negros, cada integrante desfiló al estudio principal, el cual permanecía estoico ante el paso de las décadas, engalanados con un set básico de batería, dos guitarras y dos micrófonos comenzaron la grabación de trece cabalísticos temas que formarían el Songs the Lord Taught Us. El sonido obtenido era la banda sonora de cualquier noche en un cementerio. Una cinta maldita que petrificaba aquel que osaba a escucharla.

 

Sin embargo algunos dicen que en dichas sesiones, The Cramps no se encontraban solos. Los fantasmas de las viejas grabaciones de Elvis, Jerry Lee, Johnny, Carl y demás estandartes de la vieja guardia los acompañaban; haciendo una aportación inesperada a la historia macabra del Rock & Roll.

 

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