En el garaje de una base militar norteamericana en Alemania, cinco soldados crearían el verdadero sonido anti-Beatle.

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Es bien conocido que el Garage Rock comenzó a mediados de los sesenta como una respuesta a la invasión británica por parte de las bandas norteamericanas, en donde composiciones simples aunadas a ejecuciones arcaicas creaban ese particular sonido, uno bastante crudo y poco sofisticado. La mayoría de las bandas que fueron encasilladas en este género cuentan con historias azarosas, olvidadas detrás de uno o dos sencillos exitosos; hay una que se distingue entre ellas, surgida fuera del epicentro, llena de fascinantes detalles, la historia de The Monks.

 

Gary, Larry, Dave, Eddie y Roger se encontraban destacados, a principios de los sesenta, en Gelnhausen, Alemania, como miembros activos del ejercito norteamericano cuando formaron The Torquays, un pequeño ensamble que interpretaba canciones del del Rock & Roll; como era de esperarse, su habilidad tras los instrumentos era mediocre y el tiempo dedicado a ensayar no era lo suficiente para progresar, aun así el espíritu e ímpetu estaban intactos y cuando fueron relevados del servicio, su transformación comenzaría.

 

The Torquays se mantendrían en Alemania, desarrollando canciones originales que bien podrían entrar en la categoría Beat, el cual parecía llegar a ningún lado; fustigados con su poca trascendencia comenzaron a radicalizar sus composiciones, al mismo tiempo que, en una venturosa coincidencia, conocieron a un par de visionarios estudiantes de Arte y Diseño, Walther Neimann y Karl Remy, quienes focalizaron su empuje, convirtiendo sus debilidades en fortalezas. Sus complacientes melodías serían condensadas a lo estrictamente necesario: un par de acordes con arreglos primitivos, un poderoso motor que privilegiaba la rítmica por encima de la melodía y que utilizaban la enérgica repetición y la crudeza como principales aliadas en su nuevo y frenético sonido. El Garage empujado a sus últimas consecuencias, el sonido anti-Beatle.

 

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La vorágine de esta transformación quedaría plasmada en su única obra de 1966: “Black Monk Time”, uno de los primeros vestigios del Punk Rock (una década antes del CBGB), el cual expelía diatribas al calor de un banjo eléctrico retroalimentado y un órgano paranoico; quince temas recalcitrantes que no fueron comprendidos en su momento pero que jamás renegaron su esencia, “Shut Up”, “I Hate You”, “Drunken Maria” o “Monk Chant” son algunos ejemplos de esas desconcertantes composiciones.

 

Parecería que su música y sus letras serían suficientes para sorprender a cualquiera, sin embargo su singularidad no terminaba ahí; decididos a dilatar su propuesta, idearon una especie de manifiesto que regiría su conducta en forma permanente, The Monks vestirían en uniformes negros, con sotanas y cordones como corbatas, raparían sus coronillas y serían desafiantes e insurrectos, aceptando gustosos el peligro; culminando con su máxima, una frase que resume de manera excepcional su surreal historia y que expone el impulso de todo su género: “The Monks beleive in nothing”.